En ‘Du contrat social (1762)’, Rousseau
concibe el pacto social
como una convención.
Anónimo
En contra de lo habitual en esta columna,no identifico hoy la identidad del autor de la frase comentada;simplemente porque la ignoro, al tratarse de un texto presentado a un prestigioso premio, cuyas bases no la desvelan, salvo que su autor resulte premiado y se abra,en consecuencia, la plica correspondiente.
Lo que me ha llamado la atención del texto tiene que ver con las incógnitas suscitadas por la creciente presencia de la llamada inteligencia artificial en el ámbito académico. Hasta ahora el asunto me había preocupado solo pensando en la evaluación de los alumnos.La frecuente solicitud de los que aspiraban a nota: «si le parece, puedo entregarle un trabajo adicional», puede acabar traducido como«si le parece, le fusilo algo que encuentre en internet». Me temo que esto –al menos en humanidades– va a convertir en obligado el examen oral, del que he solido liberar a mis alumnos; porque aumenta la transparencia de sus debilidades expositivas y baja la calificación;mientras que el papel lo aguanta todo y permite al evaluador –in dubio proreo– dar por bien entendido lo escrito.
En este caso, me he encontrado ante el texto de un investigador nada bisoño que aspira a un premio, cuyo logro debe ser símbolo de ejemplaridad profesional.
Lo primero que me llamó la atención fue algún detalle de desaliño quizá disculpable.En la bibliografía, que suele cerrar los trabajos monográficos y se entiende destinada a informar de los libros leídos por el firmante como marco de sus planteamientos,aparecían obras de autores como Rousseau o Habermas en francés y alemán, seguidas de las mismas en inglés. Invitaba pues a imaginar que nuestro plurilingüe autor, quizá muy viajero, las había manejado en bibliotecas geográficamente alejadas.
Lo curioso es que las obras citadas de uno y otro estaban traducidas a la lengua de Cervantes. Es obvio que el inglés, aun no siendo lengua oficial reconocida como tal en todos los estados USA, aspira a convertirse–como hace siglos el latín– en lengua franca entre la gente ilustrada; pero,aun así, el asunto no le complacería mucho a mi admirado amigo Santiago Muñoz Machado, ya que el español no es precisamente la lengua de una tribu exótica de problématico reconocimiento cultural.
No obstante, habría que respetar el derecho de cada autor a citar como le parezca,ya que no oculta que no lee ni francés ni alemán, pero maneja el inglés con la misma soltura que cualquier deportista que aspira a eco internacional; con lo que los autores acabarán diciendo lo que el traductor anglófono de turno diga que dice.
Lo que acabó alarmándome, es que –a la hora de la verdad– las presuntas citas ignoraban en que página de la obra se había afirmadoesto o aquello. Estábamos pues ante la novedosa figura de la cita al por mayor.Por ejemplo, Rousseau habría afirmado lo recogido en la generosa nota 274 del texto,en el ‘libro II, cap. 4’, o en el tomo III de sus obras completas de la versión francesa; perose nos remitía a la versión inglesa sin página alguna. Lo mismo ocurría con Habermas,del que se aludía a una obra en alemán, pero remitiendo a su versión anglófona, donde–para justificar un comentario de cuatro líneas–se nos animaba a leer en inglés, por fin, cuatro páginas (una por línea).
Siempre he entendido, quizá vetustamente,que una cita es una invitación al diálogo.Tal autor ha dicho esto, motivando eventualmente mi comentario; le digo en qué página,para que usted pueda o no mostrarse de acuerdo con el autor y, en su caso, conmigo.Lo que alimenta mi querencia a la filosofía de la sospecha, cuando de la IA se trata,es mi duda sobre si en realidad dialogamos sobre una misma afirmación o la bibliografía se ha convertido en una colección de croquetas,–más o menos acertadamente– algorítmicas,seleccionadas de distinguidos repositorios anglófonos. En la misma cita senos parece remitir, con tan tacaña paginación, al del MIT –emaití de Massachussetts, para entendernos–; pues qué bien Andrés Ollero. Magistrado Emérito del Tribunal Constitucional | Secretario general del Instituto de España.


