Lo que sin duda agigantó la figura de Habermas será su convicción de que
«el compromiso público es la más importante tarea de la filosofía»,
como deja plasmado en 2008 en su colección de trabajos ‘¡Ay, Europa!’.
«Jürgen Habermas no es solo el filósofo vivo más famoso del mundo, sino que su propia fama es famosa» (Ronald Dworkin). Uno de los elementos de tan irónica sentencia, recogida por Stefan Müller-Doohm en una apretada biografía de más de quinientas páginas, ha caducado desgraciadamente. El pensador alemán ha fallecido, después esculpir un recorrido científico que le ha llevado de la teoría marxista a lo que nuestro Tribunal Constitucional ha caracterizado como laicidad positiva y él califica como postsecular; girando siempre en torno a la acción comunicativa como eje decisivo y fundamento de la ética del discurso y de la democracia deliberativa.
Sería interesante calibrar el resultado de una encuesta callejera sobre su grado de conocimiento entre el español de a pie. Los más versados quizá llegarían a improvisar que se trata de un miembro de la Escuela de Fráncfort. El dato exige alguna mayor precisión, si hemos de creer el chascarrillo que recoge Rodríguez Marcos al recensionar la citada biografía: un joven profesor norteamericano llega a ciudad del Meno y ordena con soltura al taxista: a la escuela de Fráncfort. El interpelado no esconde su perplejidad y pregunta: ¿a cuál de ellas? Tomándole por turista, no descarta que pueda pensar que en tan conocida ciudad deban apañarse con solo una.
La verdad es que, tras dar cuenta de tan rigurosa biografía, de la Escuela de Fráncfort podría afirmarse cualquier cosa menos que fuera una. Habermas, nacido en Dusseldorf, logrará la habilitación con Wolfgang Abendroth en Marburgo y se da pronto a conocer en páginas de cultura de diarios y revistas. Logrará su primera plaza en Heidelberg gracias a Hans-Georg Gadamer que defiende su candidatura, deseoso de contar con el estímulo de quien ya ha tenido ocasión de demostrar que mantiene planteamientos poco afines a los suyos. De Gadamer recordará la «autoridad que operaba sin coerción», sitúandolo entre uno de esos maestros, «que, teniendo claramente a la vista la ruptura con tradiciones corruptas, nos enseñaron a discernir y, por medio de esta crítica, a apropiarnos de lo que había permanecido incólume».
Solo al cabo de cuatro años recibirá la llamada de la Universidad de Fráncfort, donde le amparará Theodor Adorno hasta que acabe sucediendo a Max Horkheimer, con el que no había logrado similar sintonía. Herbert Marcuse, por su parte, gozaba ya del paraíso de los campus norteamericanos, de los que él llegará con los años a convertirse en visitante asiduo.
Sus estudios sobre Marx, ajenos a todo dogmatismo, dejan en el mítico 68 clara impronta en su libro ‘Conocimiento e interés’, en el que invita a suscribir un emancipador «interés directivo del conocimiento», sobre el que asentar una «teoría crítica». Treinta años después regresa a Fráncfort, tras un decenio en Stanberg donde dirige un Instituto Max Planck creado a su medida, y volverá sobre la cuestión, marcando un notable proceso de maduración. Para entonces tiene claro que «los fundamentos teóricos de la crítica marxista al capitalismo han sido superados», invitando a analizar sus «repercusiones, al mismo tiempo liberadoras y desarraigantes, productivas y destructivas». Resalta que «las leyes del sistema económico ya no son idénticas a las analizadas por Marx», por lo que es erróneo atribuir un potencial emancipador a las fuerzas productivas. En todo caso no renunciará a ‘domesticar’ o ‘civilizar’ al capitalismo, convertido en sistema universal, sometiendo a crítica a la que llama «monetarización del mundo de la vida».
Lo que sin duda le agigantará será su convicción de que «el compromiso público es la más importante tarea de la filosofía», como deja plasmado en 2008 en su colección de trabajos ‘¡Ay, Europa!’, publicado como tantos otros en la editorial Suhrkamp en la que durante años dejará su impronta. Bajo una lluvia de premios e invitaciones, no hay debate público en el que no deje su huella, evitando mirar hacia otra parte; sea la polémica sobre el positivismo, la necesidad de una historia que asuma en presente la responsabilidad sobre el holocausto, la necesaria profundización en la reunificación alemana o el impulso a una unidad europea que apunte al logro de un auténtico cosmopolitismo.
En la celebración académica con motivo de su 70 cumpleaños, afirmará: «la esfera pública, el trato comunicativo racional de unos con otros es el tema del que me ocupado a lo largo de toda una vida. Esfera pública, discurso y razón ha dominado mi trabajo científico y mi vida política». Le preocupa el encierro en la angostura de una «fe cientificista» que, más que completar una autocomprensión personal, la sustituye. Dictaminará: eso «no es ciencia, es mala filosofía».
Considera simplista una identificación entre terrorismo y fundamentalismo islamista, como fruto exclusivo de la certeza dogmática de la fe. «Más bien, el fundamentalismo también obtiene su fuerza de la atracción de la debilidad moral de la cultura occidental», que solo ofrece «una cultura consumista caracterizada por un materialismo que lo nivela todo, y cuya fuerza irresistible resulta irritantemente banalizadora». Pierde toda dimensión ética al no tener en mente, «al hablar de los derechos humanos, algo más que la exportación de las libertades de mercado».
Consciente de que su rechazo a los planteamientos laicistas al analizar, desde su agnosticismo, el papel de la religión en la sociedad postsecular, puede resultar sorprendente, repite más de una vez: «me hecho viejo pero no piadoso». En cualquier caso también la Europa secularizada «se nutre de las fuentes espirituales de las religiones», lo que le lleva a una conclusión que arroja luz sobre su persona: «los ateos no son paganos». «Estoy profundamente convencido de que un ‘ateísmo’ que renunciara a apropiarse a su manera ese componente de verdad que hay en el mito, en la religión, en la teología y, sobre todo, en la tradición cristiana, forzosamente se quedaría en algo miserablemente vacío». Por el contrario, las grandes religiones del mundo pueden también aportar razones al debate público. No es de extrañar que los dos volúmenes de su final ‘Historia de la filosofía’ compongan un diálogo entre fe y razón, como el que tuvo ocasión de llevar a la práctica con Joseph Ratzinger en la Academia de Baviera. Andrés Ollero. Secretario general del Instituto de España


