El riesgo del acostumbramiento
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Tercio de Quites
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La frontera de tolerancia de lo originariamente considerado como ‘normal’
se irá difuminando con los acumulativos efectos del acostumbramiento.

Habermas. ‘El futuro de la naturaleza humana’

 

Pocos autores han merecido un respeto más profundo por parte de lectores muy alejados de sus iniciales puntos de partida. No en vano Habermas había relacionado siempre, en sucesivas etapas, racionalidad y comunicación, convirtiendo al diálogo en fórmula para superar los posibles límites de sus propios puntos de partida.

Comencé a leerle a comienzo de los 70, cuando se erigía en paladín una teoría crítica, que condicionaba lo racional a lo emancipatorio. No me extrañó en absoluto que, treinta años después, se mostrara preocupado por el futuro de la naturaleza humana -fórmula aparentemente iusnaturalista- ante el avance norteamericano de una eugenesia presuntamente positiva, basada en la manipulación genética.

La batalla por establecer lo “normal” en una sociedad tecnificada se añade el peligro de una desautorizada pendiente resbaladiza, que acaba arrasando exigencias elementales de la dignidad humana. Sin ser un defensor del respeto de la vida humana desde su origen, no dudaba en considerar más grave que el aborto la frialdad del diagnóstico preimplantatario, que decidía a quién otorgar el derecho a vivir; detectaba en ello el peligro de una “cría de hombres”, de aire más ganadero que humano.

Tampoco me sorprendió que cinco años después se autoexaminara sobre su actitud ante el papel de la religión en la esfera pública, analizando los presupuestos para un “uso público de la razón”, por parte de los de los ciudadanos creyentes y laicistas. Colocaba a los segundos en un lugar un tanto superado en lo que calificó como sociedad post-secular, no muy distante de la equiparación de libertad ideológica y religiosa en el artículo 16.1 de nuestra Constitución. Su receta era la necesidad de un “doble aprendizaje” de unos y otros, sin descalificaciones previas y buscando una argumentación que no resultara excluyente para el interlocutor.

Mejor les iría a los bienintencionados defensores del derecho a la vida si ahorraran argumentaciones religiosas, tan dignas de respeto como no siempre oportunas, como demuestra los nada positivos resultados de la batalla cultural sobre el aborto. Si profundizaran en la similitud del aborto con siglos de predominio de la esclavitud y se hicieran abolicionistas por la vía civil, evitarían que la defensa del derecho a la vida acabe siendo recibida, quizá por mera pereza, como si de la defensa del burka se tratara, entre lo fundamentalista y lo identitario.

A Habermas no le duelen prendas reconocer que el Estado constitucional democrático se ha desarrollado en los marcos de una tradición filosófica que invoca la razón ‘natural’ y que, por consiguiente, se apoya únicamente en argumentos públicos que, de acuerdo con su pretensión, son accesibles por igual para todas las personas. Para él, en los marcos de los Estados constitucionales, las iglesias y las comunidades religiosas generalmente realizan funciones que no son insignificantes para la estabilización y para el desenvolvimiento de una cultura política liberal. Mientras que, cuando detecta poco afán de aprendizaje en más de un laicista, teme que la sociedad secular se pueda estar desconectando y privando de importantes reservas para algo tan decisivo como la creación de sentido en los más variados ámbitos.

No le falta humor cuando pronostica que “en la medida en que los ciudadanos no creyentes estén convencidos de que las tradiciones religiosas son, en cierto modo, una reliquia arcaica de las sociedades pre-modernas que continúa perviviendo en el momento presente, sólo podrán entender la libertad de religión como si fuera una variante cultural de la preservación natural de especies en vías de extinción.

Prueba modélica de una razonada búsqueda de sentido ante los problemas de nuestra sociedad fue el diálogo mantenido por Habermas con el teólogo Ratzinger en la Academia de Baviera.. Andrés Ollero. Secretario general del Instituto de España.

 

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